• Mariel Lettier

Hogmanay – El principio de mi fin


Cómo terminé en Edimburgo

Hace poco más de seis años, finalmente tomé la decisión de viajar a Reino Unido (la tierra de mis sueños), aunque tuviese que hacerlo sola. Por suerte, mi amiga Ana iba a estar trabajando como asistente de Español en Francia y empezamos a hablar de juntarnos cuando ella tuviese vacaciones. Así llegó mi primer destino: iba a comenzar mi viaje festejando el año nuevo en Edimburgo durante Hogmanay. Desconocía su existencia antes de que Ana lo mencionara, pero no me llevó mucho quedar fascinada con la idea. ¿Una procesión con antorchas? ¿Juegos y baile? ¿La ciudad en donde nació Harry Potter? ¿Un concierto donde revivir la banda sonora de El Club de los Cinco? ¿Un cuasi parque de atracciones con juegos y tiendas? Con la mitad de eso ya me estaba tirando de cabeza. Hoy les comparto algunos de los mejores momentos de los primeros días de nuestra primera aventura compartida.


Cómo no terminé prendida fuego

Seguro que les sorprendió el no del título, pero, siendo una persona muy torpe, las probabilidades de terminar prendida fuego al sostener una antorcha eran bastante altas. Además de tropezarme con mis propios pies, a menudo me doy las piernas contra cualquier elemento que se me cruce y una vez abrí un portón hacia mí y me levanté la uña del dedo gordo del pie. También soy de apretarme los dedos con la puerta y caerme para atrás en la silla y necesitar un par de puntos.

Me encontré con un vikingo en el camino.

Pero ya conté bastante de mis infinitos accidentes. Todos los años, el 30 de diciembre, hay una procesión con antorchas para dar comienzo a los festejos de Hogmanay. La procesión lleva a la multitud desde Old Town hasta Calton Hill y, si querés, podés comprar una antorcha para participar más activamente. Por supuesto que yo hice exactamente eso. Y, una vez prendida, comencé muy emocionada el camino junto a Ana, que me fue filmando.

Éramos muchos y nosotras no llegamos a Calton Hill, pero igual fue una experiencia maravillosa. Gaitas, vikingos, un gran discurso, la luz de miles de antorchas moviéndose juntas y, al final, un espectacular show de fuegos artificiales. Esos son mis recuerdos del segundo día en la tierra de los cuentos de hadas. Y de milagro logré no quemarme (ni a nadie más), aunque la campera de Ana terminó con un poco de cera. Ups.


Cómo no escapamos del drama familiar

Este es Rob (el del medio), súper emocionado por el año nuevo.

El día siguiente era el concierto de Hogmanay. Teníamos entradas para el Concert in the Gardens y nos enteramos tarde de que después de acceder a ese sector no se puede volver para disfrutar de los otros escenarios. Simple Minds era el artista principal y no recuerdo mucho de quiénes lo precedieron, pero la gente que estaba alrededor nuestro definitivamente me quedó grabada.

Lo mejor es siempre la gente.

Estaba Rob, quien estaba tan emocionado por el año nuevo que terminó abrazándome. Pero el giro inesperado fue la familia que estaba atrás de Ana. Madre, padre, hijo e hija. Madre e hija estaban bastante pasadas de copas, aunque el hijo y el padre tampoco se quedaban atrás. La madre había esperado 20 años para poder ver a Simple Minds en vivo y este era el sueño de su vida. Pero la hija estaba tan borracha que apenas se mantenía en pie. Terminó cayéndose sobre Ana, que la tuvo que ayudar, más que nada para no terminar aplastada en el piso. Al rato comenzó una discusión y la madre arrancó a llorar porque, dado el estado de la hija, se iban a tener que ir antes. Y aquí viene lo interesante sobre los escoceses (e irlandeses también) cuando toman demasiado: generalmente, se ponen contentos y cariñosos como Rob. La hija se terminó despabilando un poco y la madre se pudo quedar para escuchar unas canciones de Simple Minds. Ahora sus lágrimas eran de felicidad. Todos se abrazaron contentos y se fueron antes de que terminara el show, después de lograr su objetivo principal. Así que, teniendo las dos un historial de dramas familiares en las fiestas, igual no pudimos escapar de ellos a miles de kilómetros de distancia. Dicho eso, cuando el drama no es de tu familia —y termina más o menos bien— acaba siendo bastante divertido.


Cómo rompí los lentes, pero no perdí el gorro

Esos palitos a la derecha son el bungee jump.

El primero de enero teníamos muchas opciones de cosas para hacer, ya que había una especie de búsqueda del tesoro planificada por la ciudad. Caminamos por la ciudad todo el día: bailamos en Ceilidhs (una fiesta de origen escocés e irlandés con bailes y música tradicionales) y visitamos diversos lugares, como el mercado navideño. En la tardecita, finalmente era hora de disfrutar de los juegos. El que más me llamaba la atención era el Bungee Jump, una opción con un poco menos de adrenalina que el salto en bungee en donde hay dos asientos que rebotan para arriba y para abajo por unos minutos.

No lo intenten en sus casas.

Le preguntamos específicamente al muchacho que estaba a cargo si era mejor sacarnos los lentes. Sonaba muy seguro cuando nos dijo que no íbamos a tener problema y que cualquier cosa nuestros gorros los iban a mantener en su lugar. Unos segundos después de empezar a rebotar, mis preciosos lentes rojos fueron lanzados al aire, mientras que los veía alejarse sin poder hacer nada. No pude disfrutar mucho el resto del tiempo y agradecí que mi madre me hubiese enseñado a siempre llevar un par extra. “¿Perdiste tus lentes, cariño?”, escuchamos al bajarnos. Alguien los había encontrado, habían caído justo al lado de donde estábamos y, aunque tenían alguna nana, de milagro terminaron bastante bien. Nada mejor para el tercer día de mi viaje de seis meses. Cabe agregar que al día siguiente pasamos por una óptica, donde los arreglaron un poco sin costo y, aún más importante, sin mirarme con mala cara.

Como en este caso, de vez en cuando tengo una suerte inentendible. Mis lentes no estaban inutilizables y tampoco perdí mi gorro el día siguiente. Nos subimos a un ómnibus para hacer un último viaje al centro a las apuradas y dejé sin querer el gorro allí, pero lo terminé encontrando al subirnos para volver al Bed and Breakfast. No solo nos habíamos subido al mismísimo ómnibus, sino que nadie se lo había llevado ni lo habían enviado a alguna oficina con objetos perdidos. Capaz que todo tenía que ver con el título de las celebraciones de Hogmanay de ese año “13 - Be Lucky” (“13 - Ten suerte”).


¿Qué pueden rescatar de mi experiencia? Visiten Escocia y participen en los festejos de Hogmanay porque vale la pena. Definitivamente compren una antorcha para la procesión. No se suban a nada que implique rebotar con los lentes puestos. Salvo que tengan mi suerte, guarden el gorro al sacárselo, a no ser que estén en sus casas (aunque yo soy de perderlo adentro de mi casa también). Y cuando visiten un lugar nuevo, no olviden mirar a su alrededor, conocer personas nuevas y disfrutar de la experiencia completa.

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