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  • Mariel Lettier

Nobody puts Baby in a corner, salvo por los escoceses


Ciento veinte días después de comprar mi pasaje, me subí al avión. No recuerdo mucho sobre el vuelo salvo por mi ansiedad y entusiasmo. Pasé la mayoría de las horas de luz solar mirando por la ventana y la comida de avión me pareció buena a pesar del consenso general contrario al respecto. Seguramente miré alguna película y leí algún libro ya que sé que no dormí en absoluto, pero ni recuerdo si tenía una pantallita para mí o solo había de esas compartidas que causan tortícolis.


Ana me espera del otro lado. Aterrizo, me tomo un bondi y me bajo cerca de donde, en un auto, Ana y uno de los dueños del Bed and Breakfast me hacen el aguante. El aeropuerto no me resulta la gran cosa, pero puedo escuchar gente hablando en inglés por todos lados. ¡Al fin! Desde el ómnibus de dos pisos (donde no tengo más opción que sentarme en el de abajo por la valija), puedo ver casas viejas y pintorescas y es una lucha mantener la concentración para evitar pasarme de parada. Llegué.


Nuestro hogar en Edimburgo.

No dormí nada durante mi aventura de 24 horas (la cual incluye tres vuelos con escalas que por suerte no eran muy largas), pero estoy híper despierta. Acomodo mis cosas medio rápido en la habitación. Hablamos emocionadas sobre nuestros planes, creo que me pego una ducha, pero no hay mucho tiempo para hacer más. Tenemos que salir para la Edinburgh Playhouse porque compramos entradas para ver el musical de Dirty Dancing pocas horas después de mi llegada. Siento que estoy en medio de un sueño. No tengo mucho tiempo para absorber la ciudad que me rodea, pero definitivamente absorbo a su gente.


Voy a decir que fue un efecto a propósito o que estaba tan emocionada que no podía enfocar St. Giles.

Tomamos el ómnibus y caminamos hasta Leith St. Mostramos nuestras entradas y ubicamos nuestros asientos. Hago mi ritual de usar el baño aunque no tomé ni una gota de líquido. Sentimos el murmullo del público emocionado por todos lados. Hay un bar que sirve bebidas alcohólicas y acomodadores que venden helado. Aunque en los teatros importantes de Uruguay se estila el vino, el helado sería impensable. Lo comentamos. Hay gente vestida casi de gala tomando y charlando a nuestro alrededor. De repente se apagan las luces, se hace el silencio y comienza el musical.


A punto de arrancar.

Ese silencio dura poco porque el público escocés se involucra profundamente en la historia que sucede frente de sus ojos. La mujer que está sentada atrás de Ana quedó “contenta” después de tomar su vino y “canta” todas las canciones. Parecería que casi todos los asistentes se memorizaron la película y se adelantan un par de versos en cada canción. Las reacciones son tan exageradas e increíbles que la protagonista ya no puede concentrarse y finalmente se tienta a pesar de sus mejores esfuerzos para evitarlo. Fue un “ah”, o tal vez un “uh”, justo antes de una escena particularmente intensa. La obra fue maravillosa, pero disfrutamos diez veces más de la compañía. Salimos embobecidas. Como “fish and chips” por primera vez en la vereda frente al teatro mientras hablamos emocionadas sobre la experiencia. Finalmente llegué a casa.

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