• Ana Acosta

What a glorious feeling! Riendo bajo la lluvia

Estaría mintiendo si dijera que la idea nunca se me cruzó por la cabeza. Ni bien supe que me habían aceptado en el programa de intercambio para ir a trabajar como asistente de profesor de idioma extranjero en Francia, empecé a planear mis primeras fiestas lejos de casa. ¿A dónde ir? Iba a estar en Europa así que las posibilidades eran infinitas. ¿Qué hacer? La lista se hacía más larga con el paso del tiempo y a medida que investigaba más. Todo esto mientras escuchaba una lista de reproducción especialmente armada para la ocasión y que todavía guardo en Spotify aunque no la escucho desde ese entonces. Lo que pasa es que el espíritu navideño va y viene, pero en general no me acompaña… A no ser que me lleven a un lugar mágico, lejos de los compromisos sociales y los dramas familiares. En 2012, ese lugar mágico fue Londres en navidad.

Catedral de St. Paul en navidad

Vivía en un pueblito y tenía que tomarme un ómnibus y después un tren para llegar a París a tiempo para el Eurostar. La mayoría de los asistentes volvían a sus hogares a pasar el receso de invierno con sus familias, pero yo no. Se sentía como una odisea y una rebelión, todo al mismo tiempo. Después de coordinar varios horarios de transporte para no perder ninguno, estaba abriéndome camino en la Gare du Nord cuando finalmente caí. Así se siente la libertad. Hay algo que te hace sentir poderosa cuando estás por tu cuenta en un país desconocido, inmersa en una cultura completamente diferente, lejos de las caras conocidas y de las conversaciones de todos los días en tu propio idioma.


Me compré un pain au chocolat y una taza de café, hice el check-in, me fijé en el número de vagón en el ticket electrónico que tenía en la mano y caminé hasta la plataforma, pasando las puertas de embarque. Viajaba con poca cosa, solo una valija chica y una mochila, pero de todas formas alguien se ofreció a ayudarme con mi equipaje. De verdad estaba dejando París atrás. Encontré mi asiento, me senté y miré para afuera de la ventanilla mientras por fin lograba disfrutar unos sorbos de mi café. “Este es el sabor de la libertad”. Es que estando afuera, los sabores de las comidas extranjeras se intensifican aunque sea algo que ya hayas probado mil veces. Me tuve que comunicar con el mozo y él entendió mi pedido en un francés más que básico. Pagué el pedido en los euros que gané en un trabajo para el que apenas me entrenaron y que me hizo sentir tan poco preparada la mitad del tiempo y a la vez, justo por eso, fue tanto más gratificante. Sí, el tren se fue de la estación y degusté ese pain au chocolat como si fuera la representación misma de tal victoria.


Llegué a St. Pancras en las últimas horas de la tarde, compré una tarjeta Oyster y tomé el tube hasta mi hostal en Pimlico, justo frente a Battersea, central de energía eléctrica que quizás conozcan por la portada del disco Animals de Pink Floyd. La ciudad estaba esperando por mí, ¿a dónde debería ir primero? Tomé el bus n.° 24 en la parada que queda prácticamente en la puerta del hostal y empecé el recorrido hasta el centro, sin saber muy bien dónde bajarme. Quería ver las luces de navidad en Oxford St., visitar el parque Winter Wonderland y patinar en Hyde Park, pero esa noche estaba de humor para algo distinto. Decidí ir al West End y probar mi suerte con una obra de teatro o un musical. Caminé y caminé pero, de taquilla en taquilla, todos me decían que las entradas para esa noche estaban agotadas. Estaba por darme por vencida cuando llegué a la esquina de Charing Cross y Shaftesbury, y levanté la vista del piso. Frente a mí se erguía el Palace Theatre.

Palace Theatre

Afuera había un cartel que decía: entradas de último momento a solo 25 libras. Cantando bajo la lluvia estaba por empezar y nunca había visto la película así que pensé, ¿por qué no? ¿Qué tan mala puede ser? No sabía qué esperar. El acomodador nos informó, a mí y a otro par de impuntuales (turistas, por supuesto), que el espectáculo ya había empezado pero que solo nos íbamos a perder el primer número musical. Cuando nos llevó a nuestros asientos, pensé que había un error. “Mi entrada es de 25 libras, ¿estás seguro que estoy en las primeras filas?”, le pregunté. Con mucha simpatía, me responde: “Sí, son estas, cariño. Es solo que… te pueden mojar”, dijo al pasar mientras me dejaba el programa y se iba. ¿Lo escuché bien? ¿Mojar? ¿Va a llover encima mío? Bueno, más adelante me daría cuenta de que no me alejaba mucho de la realidad.


El personaje principal bailaba y saltaba en charcos de verdad y le tiraba agua a la gente de las primeras filas, a propósito. Algunas personas fueron preparadas con ponchos para la lluvia y paraguas, que los acomodadores tuvieron que pedir por favor no abrieran dentro del teatro ya que no dejarían ver a los que tenían atrás. No podíamos parar de reírnos de lo absurdo que era todo. Y el actor también se reía. Me llevó unos minutos darme cuenta de dónde sacaba su cara. ¡Era Billy Elliot “grande”, el de la película! Una vez que me di cuenta, no podía sacarle los ojos de encima. ¡Mierda! Estaba en la mismísima ciudad de Londres, en vísperas de Navidad, mirando un jodido musical y Billy Elliot, repito, BILLY ELLIOT, me estaba tirando agua encima y riéndose de mí porque intentaba taparme con el abrigo, sin ningún éxito.


Creo que fue el momento en que acepté que era una de esas personas que aprecian los musicales. Y ese definitivamente fue el momento en que decidí que no volvería a pasar más las fiestas en familia, al diablo con las responsabilidades y las obligaciones. Culpo a la alegría de los londinenses con su espíritu navideño en una fría noche de diciembre. Pude probar la alternativa y ahora me resulta impensable volver atrás.

Despliegue de luces navideñas en las calles de Londres

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